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DSC02737-Personalmente considero sumamente grotesco el proceso que se me pretende instaurar. Es como pretender juzgar a un hombre que ha tenido relaciones íntimas con una mujer, que no es prostituta, ni tampoco su esposa…

El juez enfundado en su toga y peluca blanca, miró escandalizado al acusado.- ¿Qué pretende usted que…  – Leyó sus notas, para refrescar su memoria –su “negocio”, se trata de una incitación al libertinaje.

-No más “libertinaje” que el ejemplo antes señalado ¿Cuántos de los presentes en este Tribunal, no han tenido aventurillas, y muchos el día de hoy, habrán salido de una casa que no es la suya? Sepulcros blanqueados son lo que son…

-¡A callar o lo acusaré también de ofensas a la investidura…

-¡Vamos no es para tanto! Lo que afirmo es; no se me puede enjuiciar por cuestiones meramente fisiológicas… Como hace más de ciento cincuenta años, se enjuició al señor Wilde…- El señor Oscar Wilde, era homosexual… Interrumpió el Magistrado.

-Ello contribuye a confirmar mi posición: No hemos solucionado un ápice, el hecho de que continuamos sosteniendo una moral, o mejor dicho; una simulación de moral sobre la cual se regimos nuestra actuación. Por ello es que me declaro francófilo, por lo menos los franceses, no reniegan de su herencia humana y son consecuentes con ella…

-Son depravados…

– ¿Es la opinión de la Ley, o la suya personal?

El Juez quedó paralizado por la sorpresa. Estaba claro que se encontraba ante un procesado de especial inteligencia, que lo había conducido hábilmente a la posición más comprometida. Lo grave era que el Tribunal, primeramente se había animado y segundo; había comenzado a tomar posiciones en pro y en contra.

-Retomemos; el caso del señor Wilde, se trataba de una incitación a la depravación del señor Alfred Douglas, hijo de Sir John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry. Que era inocente de las desviaciones de aquel escritor…

by George Charles Beresford,photograph,1903

by George Charles Beresford,photograph,1903

-No acepto esa afirmación. Si el señorito Douglas había sido un dechado de de virtuosidad – que dicho sea de paso se encontraría afincado en el espejismo de una “moralidad” socialmente enunciada como válida, por no decir “verdadera” como así lo pretende la Sociedad. El señorito Alfred Douglas, no se hubiese prestado a las propuestas de Wilde -cosa que como la historia lo comprueba mediante libros inscritos en el index de las obras prohibidas en el Reino Unido, colonias y socios comerciales – pues fue que el señorito Douglas, quien abusó del amor limpio que le profesaba Wilde, para dilapidar la hacienda de éste, hasta dejarlo en bocarrota. En ese caso, el verdadero delincuente, nunca recibió el castigo que merecían sus actos…

– Esto se ha convertido en una desviación del asunto que verdaderamente nos ocupa. Si bien consentí en que Usted mismo se representara. Al momento actual pienso que requeriría de un perito en la materia legal, con el fin de que esto no se convierta en una clase de Historia, antes que una argumentación en defensa…

– No pienso que en algún momento me haya desviado de la presente litis –que no creo en nada apropiada-, sino que estimo que lo que hasta aquí expresado, constituye un apropiado antecedente al jurado, a fin de que este se encuentre en aptitud de dilucidar justamente  a quién le asiste la razón…

– ¡Usted pretende sorprender a los integrantes del Jurado y sembrar la duda respecto de la acusación legal de que es objeto!- Dijo el Fiscal mientras se despojaba rabiosamente de su peluca, y la arrojaba sobre el escritorio.

-¡No más manipulación que la pretendida por la parte acusadora. Y que claramente considera que ha disminuido su posibilidad de influir en la opinión del Jurado…

– ¡Usted pretende hacer un Circo!

-¡Y el fiscal pretende que su acusación se convierta en materia con base de dogmatismos! Eso no es más que un engaño que se pretende elevar a obligación, consignándola en la Ley…

– ¡¡¡Silencio!!! –Intervino el Juez, pegando con su mazo. –Se ordena desalojar el Tribunal para reunirse en fechas posteriores.

 

Todos los periódicos dieron seguimiento al Juicio de John MacLeod, sobre su servicio de citas sexuales entre hombres y mujeres poco agraciados que deseaban vivir lo que otros disfrutaban constantemente. El escándalo que provocaba el servicio, consistía en que su naturaleza sexual que era innegable, pero que también que no podía ser calificada de prostitución, porque las parejas beneficiadas no recibían remuneración, sino solo la satisfacción de un deseo que les resultaba casi prohibido y hasta inexistente en algunos casos. Además de que se trataba de un negocio que se basaba en la utilización del adelanto técnico proporcionado por las máquinas analíticas lanzadas al mercado por BABBAGE&CO., y que inauguraba una nueva forma de realizar negocios…

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