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En aquel momento, se presentó el estruendo, que sustrajo a Andrew L. Hutchinson, de las explicaciones que daba a Percival C. Owsley, y que le orilló a asomarse por la ventana del estudio, y mirar a la calle.

En su ensoñación –porque Andrew L. Hutchinson, era consciente de que se trataba de eso… -, el insecto no pretendía acuchillar, como lo haría una Mantis Religiosa. No obstante que en la fantasía que había estructurado la mente de Hutchinson, los ojos de aquel espécimen, corresponderían a la de una mantis…

La pretensión de aquel seudo-artrópodo, al blandir su único brazo –metálico- ascendente y descendentemente, era la machacar a su oponente. Machacar a fin de hacer patente ante los demás que presenciaban sus actos, el nivel de furia de que era capaz de desplegar… ¿Quién después ello, podría retarlo sin obtener un castigo? El oponente -aunque hablar de un “oponente”, era un mero eufemismo, puesto que lo que menos había hecho el contrincante, había sido oponérsele… -, había muerto desde hacía tiempo ya. No resultando ese deceso, solamente atribuible a la acción directa de aquel insecto, sino también a la falta de intervención de los espectadores a favor de la víctima. Pero, podía haberse aducido en descargo de los asistentes, la brevedad del tiempo en que se había presentado y desarrollado los hechos, muy cercana a la fugacidad con que se prende una cerilla… Se podrían alegar infinidad de atenuantes, todas relacionadas con la objetividad de una argumentación racional. Pero lo cierto había sido que por un momento, los espectadores se habían visto despojados de sus atuendos de Civilización, y permitido la intervención de su atávica naturaleza. Se habían desbordado las barreras que impedían el acceso al disfrute irrestricto, cuasi-erótico, de abandonarse a las sensaciones… La sorpresa, el temor, la furia, al igual que las variedades afectivas de los sentimientos, coinciden en la existencia de una etapa de éxtasis… Los espectadores en sus respectivas modalidades, se encontraban exultantemente felices…

El insecto continuaba golpeando de manera desprovista de voluntad, por simple y llana inercia. La masa, ya informe, hacia tiempo que no respondía de manera conscientemente o inconsciente, definitivamente se encontraba muerta.

Los instintos se encuentran vivos y siempre al asecho. Se agazapan en la espera paciente, de que se presente un flanco desprotegido en la consciencia, porque resulta ser absolutamente falso que hayamos triunfado por sobre ellos… Ellos pretenden retomar lo que les ha pertenecido de siempre, y que nos empeñamos en negarles; nuestras humanidades…

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El criminal.

El impulso prevaleció antes que la razón. Les podrá resultar escalofriante lo que les debo manifestar, y aclarando que con ello, que no pretendo exculparme de la responsabilidad que me es exigida por mis actos: Esa furia resultó tan incontenible, que obnubiló mi razón, de tal suerte que si bien no me estimo ser responsable de mis impulsos. Si en cambio reconozco que mi cuerpo –aunque también debo poner en duda a quién pertenece este, en virtud de lo acontecido -, al resultar de facto, el instrumento material mediante el cual se habría causado el hecho de que se me acusa, es en definitiva el directo responsable y debe de ser castigado, aún si en ello, vaya mi propio sufrimiento psíquico.
Un dictamen chapucero

La consecuencia de una vez superado un estado excesivo de excitación, es un superlativo cansancio, que ordena al cuerpo, abandonar toda intensión de movimiento, puesto esto implica una cuota energía que no puede ser abonada sin provocar el colapso de la arquitectura corporal. Ese cansancio extremo, se anuncia mediante una sudoración que comúnmente es tibia, y paulatinamente va helándose, y dando la impresión de que el líquido, resultare su estado físico natural de la Muerte. Por ello, que resulta en congruencia, el hecho de la palidez que se presenta de manera alarmante en el sujeto.
El criminal.

-Todo lo que me rodeaba, casas, árboles, personas, se presentaba ante mis ojos con definiciones poco claras, huidizas, oníricas. Mis músculos se negaban a realizar más movimientos, trasbille en busca de un lugar en donde descansar mis exiguas energías, en previsión de que el colapso que se anunciaba, me sobreviniera de pie, y me hiciera caer desarticuladamente como guiñapo. Encontré, un sitio en el cual poder sentarme prestamente –aquí, quisiera dejar establecido, que el hecho de proceder a dar relación de los hechos de manera seriamente organizada, no puede ser tomado como una admisión de responsabilidad. Sino de que tales hechos, admiten una relatoría seriadamente estructurada, con le fin de que sean ustedes, quienes puedan tomar la mas objetiva decisión posible.-. El sitio sobre el cual me había sentado, resultó ser el guardabarros de mí vehiculo que presentaba una abolladura –la cual siendo estrictamente honesto, no resultaba trascendentalmente difícil de ser reparada-, y misma que había ameritado que el otro conductor, yaciese desfiguradamente muerto en el suelo, simulado un grotesco faro que presidía la navegación en un mar de sangre. La palanca del freno, había desprendido, no tanto del impacto, sino del esfuerzo que yo había invertido con impedir este, quedándome con él entre las manos, para luego blandirlo para machar el cuerpo del otro conductor. Me desagrada decirlo, pero sentía satisfacción en hacerlo. La sensación de ostentar un poder al que no se está preparado para manejar, resulta gratificante, en su misma contradicción. Por un lado, uno se sabe inhábil de poder controlarlo, y por el otro, su ejercicio es eróticamente deseable… Después de superada mi ofuscación inicial, la pieza metálica se deslizó de mi mano, para chocar contra el suelo.

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Andrew L. Hutchinson

El insecto en que pensaba Andrew L. Hutchinson, se desabrochó su bata de conducir y retiró los gogles de sus ojos, y hasta ubicarlos en le punto mas alto de su frente. La mirada que se dejaba al descubierto, resultaba y extraviada, propia de quién se encuentran inmerso en un estado de gran alteración nerviosa. Ahora, se trataba simplemente de un ser humano que había sacrificado a otro de sus congéneres.

-¡Por Dios, lo ha matado!, Percibal, un hombre ha muerto en manos de otro, frente a tu propia casa…-.

– Un fin previsible, si me permites la acotación, Andrew… – refirió desganadamente Percival C. Owsley -Primero: Evidentemente que sucedió en choque entre vehículos de vapor –el propio estruendo así lo patentiza-. El Segundo punto, se constituye en consecuencia de Primero: La intensidad del estruendo, involucra la velocidad de los cuerpos, que asumo; resultaba excesiva. Tercero, y punto que involucra cuestiones del orden psíquico: Nuestro mundo ha privilegiado el ahorro del tiempo, mediante su compensación al imprimirse mayor velocidad al momento de la realización de nuestros actos. De tal suerte, que al pretender hacer más cosas en una menor cantidad de tiempo posible -conducta aberrante en si misma-, se logra contar con tiempo adicional, para –continua la aberración- hacer aún más cosas… Esta dinámica –no lo he podido haber dicho mejor; Dinámica.-, ha ocasionado un tremendo sentimiento de aprensión psíquica, y que ha contribuido a trastocar nuestro marco de prioridades, en el cual, se ha introducido una nueva prioridad, que de causa y se ha convertido en efecto: La velocidad. Consecuencia: “Aquel quién obstaculice mi transito veloz, me habrá infringido el ataque más oprobiosa a mi persona; me ha despojado de mí tiempo, que es tanto como decir; me ha despojado de un momento de mi vida”, ¿Puedes apreciar lo mórbido de nuestra relación con la tecnología? – Hutchinson, no encontró palabras que oponer ante razonamiento objetivo de su procurado. Por algo, Percival C. Owsley, se había ganado un sitio en la Royal Society of London for Improving Natural Knowledge, por su trabajo sobre “La Conducta Humana condicionada por la Influenciada por la Vida Industrial”, y que había merecido Queen’s Medal, así como que se trabajo, fungía como base para el establecimiento de las políticas que sobre la industria; se encontraba aplicando la Corona. – Lo único que podría recomendarte mi querido amigo, es que tengas la delicadeza de correr la cortina de la ventana, así como demostrar tú buena educación, olvidando estos hechos, que resultan ser muy desagradables… No es propio de caballeros, el ocuparse de situaciones viles que empañan nuestro entendimiento.

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