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– Si, veo que en el folio que me extiendes aparece el monograma. Pero vamos Percival, tú mejor que nadie conoce los motores que mueven de manera tan poco racional a un ser humano. De modo tal que al inquirirme un “por qué” de mi acción, lo único que obtendrás será un “no sé”, y contestación que dudo mucho que pueda satisfacer tú necesidad de conocer hechos concretos. Ahora bien, si lo que deseas de mi parte, es una respuesta en carácter de alguien que te tiene por un entrañable amigo, debo de contestarte que lo hice simple y llanamente por un sentimiento de la más pura envidia. ¿Puedes alcanzar a percibir que la envidia, aun y cuando pueda resultar lesiva a los sujetos u objetos a la que va dirigida, básicamente se encuentra provista de un sentimiento muy puro de odio? Personalmente podría decirte que la envidia en su estado “natural”, es un odio superlativo, que tiende a acumularse instanteaneente, y que explota de una manera violenta, para que, una vez desfogada, sea olvidada. La envidia, y mas bien, sus efectos, no van en contra de los lazos puros de la amistad.

Si, lo hice. Esa resulta una cuestión que no es susceptible –bajo las presentes circunstancias- de ser negada. El “porqué”, no lo sé, desde el punto de vista de la racionalidad. Pero si lo que utilizamos como referente de nuestro “juicio” –a lo que le niego el carácter de ser un real y efectivo JUICIO, por que el mismo, pasa necesariamente por la utilización de herramientas como la lógica y el sentido común, aplicados al caso concretamente puesto a consideración – es la arbitrariedad de lo subjetivo. Sólo me es dable decir subjetivamente que lo que hice, lo hice por ENVIDIA.

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Sobre el escritorio de Percival C. Owsley, se encontraban dispersos algunos folios, que tenían por característica de que se encontraban mecánicamente escritos, bajo el titulo de “La Moralidad Circunstancial”. En Andrew L. Hutchinson, aquella “novedad” – entrecomillado, puesto que las maquinas analíticas se conocían desde hacia unos ciento cincuenta años-, le causaba una clara y contenida furia. No era el hecho de la maquina por sí misma – él poseía el modelo conmemorativo “Emperatriz Victoria”-, sino que la máquina de Percival, fuese capaz de haber “escrito” aquellas paginas, como resultante de ser la más avanzada manufactura de la máquina analítica producida y comercializada por la ya centenaria empresa BABBAGE&CO.

El modelo de maquina analítica de su amigo Percival, se encontraba provisto del comentado sistema de visualización de cama de cera y mediante el cual, era posible corregir el texto escrito directamente sobre la cera, y liberar la palanca cercana a la misma.Siuno era un observador acucioso, se percataría que siguiendo las bielas de comunicación mecánica de la cama de cera, se encontraría con que interconectaban a una imprenta de palabras que se ubicaba en el sitio opuesto a aquel en que se encontraba la maquina analítica. Consecuentemente el origen de los folios escritos de manera mecánica, había quedado aclarado… La desigualdad entre sus respectivas riquezas, había procurado que Andrew L. Hutchinson, y al contrario de Percival C. Owsley; aún siguiera utilizando el arcaico modelo de la maquina analítica “Emperatriz Victoria”, con tira de papel perforada, y misma que requería ser pasada por entre el “telar de dígitos”, con el que se obtenían ciertas disposiciones de perforaciones que posicionadas en los convenientes cuadrantes numerados del “telar”, proporcionaban a quién supiera interpretarlo, el resultado del trabajo desempeñado… Pero la maquina analítica de Percival C. Owsley, se trataba de la primera que conocía, y había tenido la oportunidad de apreciar tan cercanamente en sus avances.

Una maquina mecánica de escritura producida por BABBAGE&CO. Una máquina analítica provista de una cama de cera, comunicada a una imprenta de palabras. Resultaba demasiado para el animo Andrew, que se sentía especialmente lastimado por esa exhibición de lujo.

Si, era absolutamente irracional la actitud tomada, pero resultaba esa era SU actitud, y por tanto resultaba válida y hasta “racional” desde su especial y alterado punto de vista. Así que el hecho de que introdujera por entre unos de los resquicios que presentaba aquella maquina analítica, una pequeña estatua de la Victoria Alada -¿una inconciente licencia poética ?- y que esta, provocara el gran atasco que se presentó de manera instantánea cuando con evidente malicia, Andrew L. Hutchinson, echara a andar aquella maquina.

El error de Andrew –los errores, regularmente son bastante tontos-, consistió en el hecho de que al introducir aquella la figurilla de la Victoria Alada, lo hizo conjuntamente con uno de los botones monogramados de su levita, el cual que se había arrancado en el acto de introducir el obstáculo. En los últimos estertores de existencia de la maquina analítica de Percival C. Owsley, esta logró delatar a su destructor, al hacer una ultima impresión antes de detener su funcionamiento para siempre.

En la impresión hecha por la máquina analítica, con cama de cera e imprenta de palabras, se apreciaban sobrepuestas y con primorosos motivos florales, las letras A, L y H.

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